Dar a luz suele describirse como algo instintivo, mamífero, profundamente corporal. Y lo es. El cuerpo de la mujer sabe parir de manera innata. Sin embargo, esta realidad muchas veces no se refleja en los paritorios actuales.
No porque ese saber no exista, sino porque, en gran medida, las mujeres hemos perdido la conexión con nuestro cuerpo. Hemos dejado de escuchar esa voz interna que guía, sostiene y orienta durante momentos tan intensos como el parto.
En consulta y en espacios de acompañamiento al embarazo escuchamos a muchas madres decir: “quiero empujar, pero no me sale”. A veces incluso reciben mensajes externos que refuerzan esa desconexión: “no sabes empujar”, “no lo estás haciendo bien”. Pero el problema no es la falta de capacidad, sino la falta de escucha corporal.
Esta desconexión no empieza en el embarazo ni en el parto.
Empieza mucho antes, en la infancia.
Desde pequeñas, muchas mujeres aprendemos que sentir no es importante, o incluso que está mal. Frases como “no es para tanto”, “deja de llorar”, “tienes que acabar todo el plato aunque no tengas hambre” o “da un beso aunque no te apetezca” van calando poco a poco. Sin darnos cuenta, empezamos a ignorar las señales del cuerpo: cuándo tenemos hambre, cuándo necesitamos ir al baño, cuándo queremos contacto o cuándo no.
A esto se suma el ritmo de vida actual. Vivimos aceleradas, en modo automático, sin espacios reales para parar. Nadie nos enseña a escuchar la respiración, a registrar el cansancio, a atender un dolor que pide descanso. El cuerpo habla, pero no estamos disponibles para escucharlo.
Así se crea el cóctel perfecto para la desconexión corporal.
El embarazo —y aún más el parto— nos pide justo lo contrario.
Nos pide sentir, confiar en las sensaciones, reconocer las emociones, saber pedir lo que necesitamos. Nos invita a soltar el control mental y a habitar el cuerpo. Pero si vivimos en un estado constante de tensión, resulta difícil hacerlo. Muchas veces ni siquiera somos conscientes de cuánto nos cuesta relajarnos o entregarnos al proceso.
Por eso, para volver a conectar con la mujer mamífera que somos, es necesario parar y volver al cuerpo. Tocarlo, moverlo, respirarlo. Bailar, sentir, disfrutar. Permitir que el cuerpo vuelva a ser un lugar seguro y escuchado.
En las clases y talleres que ofrecemos, el foco está precisamente ahí. No buscamos movimientos mecánicos ni respuestas aprendidas de memoria. Buscamos despertar la memoria corporal, fomentar la autoescucha y facilitar espacios donde cada mujer pueda reconectar con sus sensaciones a través de dinámicas conscientes, respetuosas y vivenciales.
Porque cuando una mujer vuelve a habitar su cuerpo, también recupera la confianza en sí misma. Y esa confianza es una gran aliada durante el embarazo, el parto y la maternidad.


