Cuando pensamos en estreñimiento, solemos relacionarlo inmediatamente con la alimentación. Y sí, lo que comemos influye, pero no es el único factor. Existen muchos elementos que participan en el buen funcionamiento intestinal, y uno de ellos es el estado de nuestro suelo pélvico.
Para entenderlo mejor, te voy a poner un ejemplo.
Seguro que te ha pasado a ti, o conoces a alguien, que cuando se va de viaje deja de ir al baño con la misma facilidad que en casa. En muchas ocasiones la alimentación apenas cambia: se lleva comida preparada o sigue comiendo de forma saludable. Sin embargo, aparece el estreñimiento.
¿Por qué ocurre esto?
La respuesta suele estar en una combinación de factores. Uno de los más importantes es el psicológico. Cuando salimos de nuestro entorno habitual, nuestro cuerpo puede dejar de sentirse tan seguro y cómodo. De alguna manera, el mensaje que recibe es: «Aquí no toca soltar».
Pero también entra en juego otro aspecto menos conocido: la relación que tenemos con nuestro suelo pélvico.
A diferencia de otros músculos del cuerpo, el suelo pélvico suele ser una zona bastante desconocida. No lo vemos, apenas lo sentimos y pocas veces aprendemos a moverlo de forma consciente. Por eso, cuando necesitamos relajarlo para facilitar una evacuación, muchas veces no sabemos cómo hacerlo
Un ejercicio para conectar con tu suelo pélvico
Si quieres empezar a familiarizarte con esta zona, te propongo un ejercicio muy sencillo.
Busca un momento tranquilo, coge un espejo y observa tu suelo pélvico. Hazlo sin críticas ni juicios, como quien descubre una parte nueva de su cuerpo. Con curiosidad.
Mira, explora, toca y observa qué ocurre cuando intentas realizar estos tres movimientos:
1. Contraer
Como si quisieras evitar que se escape la orina o un gas.
2. Soltar
Relaja completamente la zona.
3. Pujar suavemente
Imagina que quieres dejar salir un gas.
¿Puedes percibir diferencias entre los tres movimientos? ¿Observas algún cambio?
Si no notas nada, no te preocupes. La conexión con esta zona se desarrolla con práctica. A veces simplemente necesitamos aprender a sentirla. Otras veces existe tanta tensión acumulada que los músculos tienen dificultades para relajarse y moverse con libertad.
Con paciencia y práctica diaria, poco a poco empezarás a notar cambios.
Y si ya observas movimiento, ¡enhorabuena! Eso significa que estás desarrollando conciencia corporal sobre una zona muy importante.
Lleva esta práctica al baño
Ahora vamos a aplicar estos movimientos cuando vayas al baño.
Cuando te sientes en el inodoro, procura mantener la espalda erguida pero relajada, sin tensión. Desde ahí, recuerda las sensaciones de soltar y pujar suavemente que has practicado previamente.
Al hacerlo, acompaña el gesto con una exhalación larga y tranquila, manteniendo la garganta abierta. Puedes imaginar el sonido de las olas del mar al salir el aire.
Esta combinación de respiración y relajación del suelo pélvico puede ayudar a facilitar la evacuación de una forma mucho más natural.
Y algo importante: no empujes con fuerza. No hay prisa. Permite que el cuerpo haga su trabajo. Relájate, respira… y, si puedes, deja el móvil a un lado durante esos minutos.
¿Y si no consigo notarlo?
Si te resulta imposible identificar estos movimientos o sigues teniendo dificultades para evacuar, consulta con un fisioterapeuta especializado en suelo pélvico.
Muchas veces, pequeñas correcciones en la movilidad, la respiración o la coordinación muscular pueden marcar una gran diferencia en tu bienestar diario.
Porque, aunque no solemos pensar en él, un suelo pélvico que sabe relajarse es tan importante como uno que sabe contraerse.


